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domingo, 3 de julio de 2011

Hablando de...

La experiencia universitaria.

Cada vez estoy más convencida de que no existe una única realidad, sino tantas como personas que la viven. Así, no puedo hablar de la Universidad, sino de mí en ella: un caos. No ha sido una experiencia nada gratificante, la verdad. Hay un montón de anécdotas, desde luego, pero podría parecer más una caricatura que el fiel reflejo de lo que he vivido. Una vez, por ejemplo, aprobé una asignatura porque un profesor pensó que tenía cáncer. No os llevéis las manos a la cabeza, ya sé que es horrible, pero me dio absolutamente igual, la verdad, había estudiado y merecía aprobar, así que, ¿qué más da por qué me pusiera aquel aprobado?

La historia fue como sigue: en Civil III, una asignatura de 4º, me tocó un profesor que estaba un pelín perturbado, aunque en mi Facultad de Derecho casi es más difícil encontrar uno cuerdo, así que... El caso es que llegué al examen de junio y me suspendió, y digo me suspendió porque fue totalmente injusto: en un examen tipo test puso preguntas que había que forzar e interpretar, según me dijo el hombre en la corrección. Por ejemplo, las Resoluciones de la Dirección General de Registros y del Notariado son Jurisprudencia... ¡No! Sensu estricto, sólo forma parte de la Jurisprudencia la Doctrina reiterada del Tribunal Supremo. Bueno, pues así hubo no una, sino un montón. El caso es que el hombre desde principio de curso me venía diciendo que me comprara el libro de Lacruz . Yo le dije que lo sacaría de la biblioteca para complementar, pero que ya me había comprado el de otro autor que aparecía en la bibliografía recomendada del programa y no podía comprarme otros (a razón de 36 ó 40 € por libro, me diréis). Cada vez que me veía, me decía lo mismo y yo le contestaba otra vez que sí, que lo sacaría de la biblioteca. ¿Sabéis qué me dijo el muy jodido en la revisión del examen? Que eso no me habría pasado si hubiera estudiado por el libro de Lacruz. 

Llegó septiembre y fui al examen con los dos tomos del manual que él me había recomendado (sí, ¡dos!).  Cuando terminé, le entregué el examen y antes de salir del aula, con los libros pegados al pecho le dije: "profesor, tenía usted razón, cuánto mejor ha sido estudiar por este manual". Al hombre se le abrieron los ojos y me dijo, "sí, ¿verdad?". Entonces me miró de arriba a abajo -yo, casi a final de curso me había rapado la cabeza (me obsesioné con el pelo y creí que me estaba quedando calva), así que lo llevaba muy cortito- y afirmó: "tú dejaste de venir a clase porque estabas enferma, ¿verdad?". Se me iluminó la bombilla y le dije que sí y salí de allí. 

Aprobé la asignatura.

No sé qué ayudó más, si el corte de pelo o los libros de Lacruz, pero la verdad es que me da igual :P

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