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viernes, 27 de febrero de 2026

La niña que quería "verde"

He vivido toda mi infancia y adolescencia en una casa rodeada de naturaleza. Nos hemos subido a árboles, hemos bajado barrancos, hemos subido montañas... Oye, y es ahora, que vivo en un piso, que me entra el gusanillo por la jardinería. ¡Qué oportuna!

El caso es que, si no os lo he comentado os lo digo ahora, tengo un piso -alquilado- que es un lujo de piso (sobretodo si tenéis en cuenta que veníamos de un apartamento de 45 metros cuadrados en el que teníamos la secadora en el dormitorio). Pues sí, este piso debe tener unos 100 m2, distribuidos en cocina con solana, salón, 3 habitaciones y 2 baños. Pero es que, además, tenemos un balconcito que da a la calle y un patio interior. El patio interior debe tener unos 4 m2 y los he dedicado a mis plantas. Craso error.

Cualquiera podría pensar que el cultivo en la ciudad sería más sencillo. Pues no. No los veis, pero resulta que estamos rodeados, invadido, infestados, por los bichos. Y desde que pongas una triste maceta, ahí van todos: hormigas, trips, cochinilla, mosca blanca, araña roja... No, no hay racismo en el mundo de los insectos. Pero ahí no termina la cosa, porque también hay hongos, bacterias y enfermedades de todo tipo que atacan a las plantas. Sí, todo esto en un patio interior, en la ciudad.

Así, que mi deseo de tener unas plantitas, unas hortalizas, unos frutales se ha visto truncado. Para mantener los bichos a raya tengo que dedicarle 

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